Cuando hago coaching a mis clientes y en mis reuniones con otros coach tengo la costumbre de proponerle a la persona que tengo delante el ejercicio de hablar en primera persona. «Vale, vale», me dicen, y entonces empezamos la conversación y la primera persona desaparece.

Creo (yo) que es importante adueñarse de mis palabras, porque lo que me digo, es el mundo que veo y si soy consciente de lo que me digo y de lo que veo entonces tengo poder de elección.
Ejemplo: «Esto es fácil», «Es difícil», «Los adolescentes son complicados», «Hay mucho paro», «En esta situación lo correcto es estar tranquilo», «A partir de los 50 es difícil encontrar trabajo».
Todas estas frases tienen algo en común, les falta el sujeto, les falta el YO. Cuando nos hacemos dueños de esas frases y todas aquellas que nos decimos sin sujeto entonces sucede algo mágico, empiezo a ser consciente del lenguaje que ingiero.
Imagina que vas al nutricionista a ponerte a dieta, quieres perder 10 kilos pero no sabes como. El nutricionista te pregunta cuales son tus hábitos alimenticios y respondes con algo tipo: «Café, tostada con tomate, verdura, pescado…», el profesional en ese momento te dice: toma nota durante esta próxima semana de todo lo que ingieras. Cuando vuelves al cabo de una semana descubres que han caído un par de Coca Colas, algún dulce de más…
Con lo que nos decimos sucede lo mismo, comemos lenguaje del que no somos conscientes y nuestro mundo y por tanto nuestras opciones se van limitando poco a poco.
¿Te apetece tomar nota durante una semana del lenguaje que comes?